Prolegómenos aparte, y dicho ya que por Zapatero no apostaba casi nadie cuando estaba de opositor a Aznar -¡cuan distintos, pd, cuan distintos!- cuando el divino Josemari era el delfin de Dios y estaba embriagado de soberbia intelectual y arrogancia política, y superada la sorpresa inicial del resultado de las urnas del 14-M de 2004, llenas en su mayoría por el repudio a la mentira y altanería política de los populares, pretendo asomarme al perfil de un político moderno y eficaz.

José Luis Rodríguez Zapatero, nuestro presidente de gobierno, me parece un político ejemplar en el arte de hacer política. Me gusta su fortaleza espiritual, que no viene de otro lugar que de su fe en la Utopía. En un mundo pragmático, en un mundo en el que prima el tanto tienes tanto vales, en un mundo en el que los intereses creados se disfrazan de liturgia, de credos manipulados, de corrección en los gestos y transgresión en los fondos (Trillo a la cabeza con enterramientos, escenificados para su gloria y por ello obscenos, de aquellos honestos militares muertos por su cutrez administrativa), de manoseos patrióticos, de explotación de los mitos tan gloriosos como falsos, de falsedades elevadas a la categoría de atentado alentado desde la oposición, de mentiras, más mentiras, mentiras como panes disfrazadas de alarmismo, de catastrofismo, de miedo provocado; en un mundo tan irreal como dramático creado por los propagandistas de la derecha improductiva aparece el señor Zapatero con su talante bajo el brazo y empieza a ejercer de presidente, de director ejecutivo de este país.

Y el chico del "poncho y la guitarra", como le definía hortera y cínicamente Carlos Herrera (que siendo un buen profesional de la comunicación, pierde los papeles y la vergüenza cuando toma partido) va y decide en un impulso insulso, en una ataque de talante y de utopía, nada más y nada menos que retirar a las tropas españolas de Irak. Ese día me sentí muy bien, sobre todo porque sentí que los españoles dejábamos de ser Las Meninas del emperador Bush
y sobre todo porque vi a un político que había escuchado a su pueblo clamando la retirada de las tropas en la manisfestación más plural, menos politizada, más representativa y más numerosa de todas las habidas en España.

Vista con perspectiva esta decisión, hay que reconocer dos cosas: que Zapatero tiene cojones para tomar decisiones y que las decisiones bien tomadas, nunca son para mal sino para bien. España, con dejar de perder vidas y dinero en una guerra caprichosa, decidida por la avaricia insaciable de los administradores de los petrodólares, ya salió ganando.

También tuvo valor político, incluso osadía, para abordar la solución del problema del terrorismo por una vía entreabierta, distinta a "la-formula-unica" patrocinada por el PP, que aunque de resultados eficaces en el terreno militar (policial para nosotros) dejaba en el vacío la conquista política. Con todo el respeto para nuestros muertos, los muertos no pueden ser un impedimento para buscar una vía de solución, y menos ser utilizardos interesadamente como "anticuerpos" en cualquier estrategia de resolución del conflicto. Los ingleses también han tenido muchos muertos y muchos héroes en su combate al IRA, víctimas a las que siguen honrando con orgullo y con devoción patriótica, pero no se sabe que contaminaran con ellos la larga marcha hacia la paz; los ingleses saben distinguir la paja del heno.